Estabas escondida bajo la tela del dolor. Sólo amargura, conformismo con alas de plata. En esos tiempos, el amanecer era ciegamente registrado por tu mirada ausente.
Luego recordaste, bajo aquel viento húmedo, que ese héroe de papel nunca iba a revivir y, revolcándote en el pasto, besaste un precipicio infinito.