Los ladrillos son el represalia del homicidio.
Solo con mi mente
cavilo en ese fuego que me irritó
el día que te apagué.
El rayo me obnubila en un viaje sin retorno.
Mi única distracción son los gritos de los fantasmas,
que, últimamente, se transformaron en una melodía cotidiana en este sepulcro.
El silencio me desintegra.
Mi represor es mi aislado amigo,
que me denigra desde otra dimensión
y me recuerda que soy de la selva.
Escarbo la locura que confunde mi destino
y, aunque piense en reformar lo decoroso de mi ser,
los duende se reirán
ante mis insólitos proyectos altruistas
Diego Canale
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